14. El vértigo que da la libertad

Mirna miró la hora en su Nokia C3 desgastado, era el sexto celular que tenía en lo que va del año. Siempre lo perdía, se le rompía, se lo robaban. A veces, sospecho, los olvidaba apropósito en el banco de una plaza, distraída en algún pasaje de un libro o en el subte, a la noche, cuando bajaba rápido y casi que corría para alcanzar el último a Gral. Lemos. Después se daba cuenta, ya en el tren, a la altura de El Libertador,  cuando volver en busca de la comunicación perdida significaba una vana aventura, una hazaña innecesaria, una derrota de antemano. Volvía a sentir que nadie, pero nadie podía localizarla fuera de su casa, le daba un vértigo en las piernas placentero, como en la montaña rusa esa que te quedan los pies colgando y se siente el vacío, abajo, todo el infinito vacío para vos, entonces se siente un poco como la libertad. El vértigo que da la libertad.

Eran las 20:15; ella ya sabía que si llegaba, llegaba puntual, quince minutos tarde era casi una gastada para su figura, para su estética general. O estaba ahí en punto, o no estaba nunca más. Mirna siempre esperaba un rato largo, ahí sentada, un poco con esperanzas, mucho más extasiada con el placer del vacío, el vértigo. Pero este vacío dolía un poco más, no fluía desde las piernas, emanaba su esplendor desde la garganta, desde la lengua, las palabras que no alcanzó a decir.

Esta vez era diferente, sabía que Iván no iba a buscarla al día siguiente, que no se emborrachó, que no se olvidó o se quedó dormido. Sabía que Iván ya no le iba a pedir perdón, que él no quería jugar más a fingir que no le importaba, fingir que no la quería. Entonces Mirna esperó hasta y 45, atravesó la plaza mirando las palmeras altas, que tanto desentonaban con el resto del lugar. Se acomodó la bufanda, el frío comenzaba a calar y sonrió, sintiendo el vértigo en la espalda.

13. Y (aún) no lo largas a

Aquella noche me acosté sin sueño, pero mi cuerpo me exigía horizontalidad, llevaba tres días sin dormir. Cerré los ojos, mi visión se expandió  y ahí estaban. Eran grandes, tanto que tenía que mover la cabeza de un lado a otro para poder mirarlas en detalle. Los colores me lastimaban los ojos, eran muy brillantes, vibrantes, como nunca antes había visto.

Me acerqué con la certeza de que algo inmenso estaría por suceder. Intenté atrapar a las mariposas que suavemente giraban sobre su eje, como impulsadas por una brisa leve. Lento, se movían como aspas en molinos quijotescos. Una opresión en el pecho me pedía que las agarrara, intentaba con todas mis fuerzas atraparlas, engancharlas entre mis manos, apresarlas. Hermosas, aceleraban su ritmo a medida que mi insistencia crecía. Giraban, yo me desesperaba, giraban como alejándose de mi alcance, como anunciándome que aún no era mi momento de tocarlas, que aún no era mi momento para volar.

12. Romance I

Era de noche en la ciudad,

caminaba por Corrientes.

Me encontraba analizando

a mis vidas y a mis muertes.

Mis vidas que fueron pocas,

mis muertes que fueron múltiples.

Entre análisis y análisis,

me topaba con la muchedumbre,

un tumulto que avanzaba,

mar de gente enmarañada,

me enfrentó con rostros,

y, además, con una verdad:

Un amor que me esperaba

desde hace una vida atrás.

Me miraban unos ojos,

despacio me atravesaban.

Me acercaba tambaleando,

mirando con pasión,

a ese amor que me observaba.

Estallaba en mi interior,

sin precaución, la verdad.

Sus ardientes bellos ojos,

me gritaban, me decían:

¡Te conozco! ¡Se quien sos!

11. Llueve sobre mojado

– Viste cuando de repente empieza a llover mucho y en ese instante en que la lluvia desata toda su furia vos estás viendo por la ventana y podés observar claramente como llueve. Y cae el agua por todos lados, de muchas formas, a baldazos limpios. En partes la lluvia cae vertical, bien derecha, pero pegado, al ladito llueve inclinado hacia la izquierda, y en otro espacio no tan lejano llueve mucho inclinado hacia la derecha, ¿viste?

Bueno, así me llueve adentro, me llueve torrencialmente y no entiendo de donde explotó esta tormenta. No comprendo bien si me llueve vertical, desde arriba hacia abajo o si la lluvia viene del norte, o del sur, de la cabeza o del corazón. Me llueve así y no entiendo.

– Hace mucho no dejabas que te llueva, ¿no?

10. Crónica de un ataque de ansiedad anunciado.

Y no sé, no sé cómo explicarlo. Hay veces en que creo que la que está mal soy yo, que yo estoy mal. Últimamente siento que mi vida es una completa irritación, un movimiento constante, errante, hacia ningún lado, pero nervioso, ansioso, queriendo llegar a no sé dónde. Y a la vez, al mismo tiempo, el desgano, la fiaca, y el moverse para qué, si es lo mismo, si todo es igual. Y eso me irrita, vos sabes.

Anoche me llamó Laura, y yo le conté, pero hasta por ahí nomás. Viste que ella siempre tan zen, tan tranqui, tan new wave de barrio luminoso y calles arboladas, pero acá es diferente, todo es diferente. Entonces yo le cuento poco. Agarro el celu y todo es de colores, Instagram y sus fotos de gente contenta, de sus comiditas lindas y arregladas, de eventos divertidos, de momentos relajados y adentro mío todo es ebullición, todo está hirviendo y no hay color.

Te escribo a vos porque ya no se bien que hacer y porque quizás me entendes, además sé que siempre esperas que yo te escriba. Hasta te puedo imaginar recibiendo mi mensaje y sonriendo triunfante, pensando “yo sabía, siempre volves”. Y sí, siempre vuelvo, pero no es que me agrade mucho recurrir a vos. Y te escribo, también, porque me gusta escribir, claro, pero sobre todo para evitar lo que ya sabemos. Cada vez me cuesta más encontrar herramientas. El otro día salí a caminar con el mismo objetivo, evitar que suceda. Y para qué, lo intensificó. El olor, la basura, la gente, el ruido, el miedo. Pasó. Entonces ahora te escribo, tratando de concentrarme en las palabras, en el papel, no en mi cabeza.

Decidí comenzar ésta carta hace un rato, cuando fui a poner la pava y me tembló la mano, después ya sabes, el sudor frío, el desequilibrio. Me senté y agarré éste papel, bah, ésta servilleta.

Me cuesta escribir porque se rompe si aprieto mucho la lapicera y no sé si eso me pone más nerviosa o me relaja, porque me tengo que concentrar en eso y no en el sudor, el temblequeo o el mareo. El mareo es lo peor, ojalá nunca te pase, no importa si estoy parada, sentada o acostada lo que siento es que me voy a caer, y no que me caigo al piso, no. Que me caigo a un enorme pozo, profundo, oscurísimo, en el que no se ve nada, nada, nada. Y ahí siempre estoy sola y el tiempo no existe, no pasa nada, pero estoy sola y eso es lo que me da más miedo. A veces me resulta pensar que todo esto no me pasa solo a mí, que es un mal general, y ahí empiezo a divagar, como siempre, que el estilo de vida moderno, que el capitalismo furioso, que las exigencias emocionales de la globalización pedorra y blá. Pero el miedo ahora es tan real, te juro, tan real que me lastima la piel y los labios.

Y al final no se para que te escribo, si siempre termino hablando de lo mismo y en vez de evitarlo, lo atraigo, hago que suceda. Ahora me cuesta mucho respirar, jadeo, trato de tranquilizarme, pero escribir me lo recuerda y vuelvo a concentrarme en el ataque. Me duele el pecho, no siento el cuerpo, no entiendo cómo puedo seguir manejando la mano para escribir, no entiendo como ésta es mi mano. Me mareo, y me doy cuenta que no es lo peor, que lo peor está aún por venir, pero ya lo siento en el pecho y en las sienes. El miedo a morir, tengo mucho miedo de morir aquí, escribiéndote y que vos nunca lo leas. Tengo miedo y no sé qué hacer, vení por favor. Vení.

09. La cárcel de la personalidad.

Sigue lloviendo por aquí. Por momentos creo que llueve hace años, o mucho peor, hace siglos. Igualmente, esta noche en particular me recuerda a vos. No por la lluvia, no, aún no soy tan romántico, sino por la sensación de encierro, de estar irritado, de no saber qué hacer.

Te recuerdo especialmente en aquel día en que me asaltaste con tu pregunta desde la cama; “¿tu yo de hace 10 años, estaría feliz con lo que sos ahora?”  Hiciste hincapié, con los ojos picarones, al pronunciar LO QUE SOS, no QUIEN SOS. Te mire sin emoción, con un gesto de boca hacia el costado, como diciendo qué se yo. Insististe, siempre insistías.

-Tu posmodernismo pseudo espiritual me está hartando, ¿sabes? – te aseguré.

-Vos no entendés nada – disparaste entre mis ojos.

Pensándolo bien, creo que de esas preguntas hubo miles. Esa vez seguiste leyendo concentrada en tu libro de andasaberqué, o fingiendo estar concentrada. Estoy casi seguro que tu mente estaría aun en mi respuesta, en mi escepticismo miedoso, en mi temblorosa mente estática.

Seguías al lado mío, yo no entendía como podías amarme. Todavía me mirabas mientras me buscabas con los labios para rozarme. Con el tiempo supuse que intentabas equilibrarte, contagiarte un poco de esta pesada pasividad que llevo conmigo.

Hace poco que decidí dejar de pensar en vos, quizás porque me hace mal, bastante mal. A veces los chicos me preguntan por vos, yo no digo nada, agacho la cabeza y ellos entienden. Poco a poco tu nombre comienza a sonar solo en mi cabeza. Te juro, ahí, nunca dejará de resonar.

Hoy estaría en condiciones de decirte que mi yo de hace 10 años me odiaría. Que no podría entender como construí un refugio tan duro, impenetrable. Y peor, como de ese supuesto refugio hice una cárcel, una espantosa celda. Sí , hoy podría decirte que mi yo de hace 10 años se indignaría al comprobar que mi escéptica personalidad me sirve como un hermoso refugio y una tenebrosa cárcel. Meras excusas, cobardes excusas para no arriesgarme a vivir.

08. Paralelos.

En realidad, creo que todos somos un universo diferente. Y no es algo que lo sepa desde siempre, incluso hubo un tiempo en que ni lo sospechaba, ni lo pensaba. Hubo un tiempo en que no pensaba.

Ese día en que lo descubrí sí, ahí ya pensaba. Y mierda que me costó caro aprender a pensar eh. Pero buen, ese es otro tema. Estaba lavando los platos, como de costumbre, ¿podes creer que había días en los que hasta cuatro veces lavaba los platos? increíble, la cantidad de platos, vasos, cubiertos, tapers, por favor ¡odio los tapers! Pero no, ese día era recién la segunda vez. El asunto es que yo ya estaba podrida la verdad y no metafóricamente ni nada, podrida literal. Putrefacta.

Sentía el agua correr por mis manos, que para esa altura ya estaban secas, resecos los dedos por el detergente, resecos y carcomidos. Sentía el agua en la piel, pero la sentía a medias, como si en verdad lo que hacía contacto con ella no era mi piel en sí, sino una especie de capa protectora que me rodeaba toda, enterita, de pies a cabeza cubierta, impalpable, intocable.

Así fue como comencé a sospechar que en realidad yo era una esclava de esa capa, que estaba atrapada, que no podía salir. Y que la capa estaba controlada por él, solo por él. Asique, por ende, debía acabar con él y luego deshacerme de la capa.

Entonces comencé a planearlo todo, detalle por detalle, cuando y como hacerlo. Decidí que lo haría un sábado por la mañana, ese día la Mari va a fútbol y después siempre se queda a almorzar en la casa de alguna de sus compañeritas. Veneno, con veneno en la comida o en el mate, yo no me iba a ensuciar las manos con sangre, no, no, no.

Y sucedió así, tal como lo planeé. A la mañana temprano le preparé el mate y las tostadas. Puse unas pastillitas de cianuro en el termo, esperando que no tenga sabor y no se dé cuenta de que algo raro tenía.

No se dio cuenta de nada, como siempre. Tomó sus eternos mates, uno tras otro, tragándose las noticias matutinas, acompañadas de unas tostadas secas con la mermelada esa que tiene sabor a mierda, Já y yo pensando si sentiría un sabor raro en el mate, si puede soportar ese sabor a naranja con mierda, puede consumir lo que sea.

Fue rápido. A la hora salió del baño y me dijo que se sentía mal, que lo ayudara. Cuando fui estaba fucsia y le costaba muchísimo respirar. Una sensación de liviandad comenzaba a invadirme todo el cuerpo. Su muerte era inminente y yo no podía hacer más que sonreír. Me pare frente a él para seguir todo el proceso mirándolo a los ojos. Empezaba a ponerse violeta, mezclado con un azul profundo. A medida que su piel cambiaba de color, yo sentía como la capa que me envolvía comenzaba ceder. Su respiración era cada vez más forzosa, me agarraba de los hombros queriendo gritar, balbuceaba insultos, pero yo ya no lo escuchaba. Lo único que oía era mi capa desvanecerse y con ella toda mi cárcel, toda mi angustia.

Sentía la libertad, olía la libertad, tocaba la libertad de mi cuerpo con las manos. Pero en el momento último, a casi un segundo de terminar con su vida y de que mi capa desapareciera por completo, me interrumpe su mano.

Volví a sentir el agua corriendo por mi piel resquebrajada. Su mano en mi hombro, un beso horrible y húmedo en la mejilla.

Ahora cada vez que lo veo me pregunto si está vivo o está muerto, porque te juro que en mi universo lo maté. Yo lo maté.

07. Si un día

Si un día lo volviera a ver le contaría que aún se sigue haciendo las mismas preguntas. Que todavía se cuelga varios minutos mirando cada cosa en la calle, mirando a las personas. Si un día le escribiera le comentaría que todavía le da miedo hablar con gente que no conoce, que todavía es extremadamente tímida, que sigue siendo igual de callada. Si hablarían, seguramente, le diría que ya no sufre tanto en su período, que ya no se angustia tanto de manera repentina, que vive un poco más serena, más tranquila. Probablemente tocarían el tema de los vicios, le contaría que ya no fuma, ni tabaco, ni marihuana y que no le costó demasiado dejarlos. Que tampoco toma más birra de la botella en la plaza los días de semana, que trata de acostarse temprano, porque si no, no descansa. Le contaría que a veces le cuesta dormirse, que su mirada la lleva clavada en la espalda y que nunca, pero nunca, volvió a besar con el alma.

06. Instante de irrealidad.

Las palabras de Marcela le retumbaron en el cerebro como si fueran un martillo gigante, enorme, que lo golpeaba de lleno en la coronilla. Las escuchaba repitiéndose en todo su cuerpo, sentía como se inscribían en su piel, le dolían como un tatuaje. Las oía una y otra vez, alejándose, mientras se hundía en el estado más extraño que alguna vez conoció.

Todo a partir de allí le supo a irrealidad. Miraba los objetos de su alrededor, ¿esa maceta siempre estuvo ahí? ¿y esa flor? ¿existe en otro lugar que no sea en este patio? Las sillas plásticas del jardín le parecían en ese momento lo más horrible que podía existir, qué falta de gusto, qué incomodidad se siente en la piel al sentarse en una de ellas en verano, con todo el cuerpo transpirado y húmedo. Las rejas eran verdes, pero él no recordaba si ayer también eran verdes, las miraba fijo, qué invento estúpido las rejas, la verdad, qué útil para la propiedad privada, para el capitalismo.  Que el pasto fuera verde y las rejas también le parecía una incoherencia total. Para él, a partir de ese momento, todo era oscuro, negrísimo.

Detrás de las rejas, la calle, la gente. Todo seguía transcurriendo al mismo ritmo, del mismo modo que siempre, pero Federico no comprendía como todo no se paró en ese preciso instante en que Marce disparó por la boca esa intragable verdad. Era incomprensible como Doña Nelly salió esa mañana a hacer las compras en la verdulería de la esquina y como Sasha, la perra del vecino de al lado, seguía ladrando agudo ante cada perro callejero que deambulaba por su territorio. No entendía, no le entraba en la cabeza, en su interior todo estaba quieto, duro, tenso, inmóvil. Los movimientos del exterior lo confundían. ¿Cómo sigue todo igual ahí? ¿Cómo no se dan cuenta? ¿Cómo no paran?

Todos estos pensamientos se le agolpaban en la corteza cerebral, todos juntos, al mismo tiempo, amontonados, golpeaban una y otra vez en su cerebro sin dejarlo pensar con tranquilidad, sin dejarlo responder. Sus pensamientos y las imágenes del mundo externo lo mareaban. Tambaleó.

Respiró hondo, profundo, sólo una vez y sintió como un humo negro entraba por sus vías respiratorias. ¿Éste es el aire? ¿nunca nadie notó que éste aire es una mierda?. ¿Y la vida? ¿es ésto? ¿y ahora yo que hago? ¿y los demás que van a hacer? ¿tuvo sentido algo de todo esto? ¿tendrá sentido alguna vez?

Pensaba en aquello cuando Marcela lo increpó de nuevo, pero está vez su voz venía acompañada de un apretón fuerte en el brazo:

– Fede, Fede, ¿me escuchás?, te estoy diciendo que papá murió.

Y, por fin, la vista se le nubló.

05. Clímax.

Recuperándose del trance, abrió lentamente sus ojos, mientras  aquel pensamiento se le convertía en realidad. Como un volcán de verdades, explotaba desde la más profundo de su cuerpo, una única certeza. Certeza que inundaba todo su cuerpo de lava y de luz, todo su cuerpo y la habitación. Toda la habitación y el cuerpo que se encontraba a su lado. Aquel cuerpo, la habitación y la cuidad se inundaban de la auténtica luz. Una luz que anunciaba, confirmaba y gritaba que la eternidad era ese preciso instante.